Neutralidad en la Red y como perder lectores (y 2)
Como comentaba en la entrada anterior mi postura sobre los derechos de autor parece ser que es un poco antipopular y aunque parezca muy clara y firme no siempre puedo considerarme un ayatola de mis creencias.
En la época pre-Internet, pre-Napster, ya existía lo que han querido llamar piratería digital. En los ordenadores teníamos los discos CD-Rom y los cassetess, en vídeo las cintas VHS grabadas en LP y con la pegatina de celofán para grabar encima. El acceder a determinado género o contenido era complicado utilizando anuncios en los periódicos, fanzines, amigos de amigos y así. Conseguir por ejemplo un documental maravillo que echaron por la 2 a las 3 de la mañana era imposible de conseguir, al igual que esa película de la que hablan en los fanzines de Inglaterra. Sólo se podían conseguir con un poco de suerte a través de importación a precios inflados y con un cambio peseta-libra que daban ganas de llorar.
Con todo esto os quiero transmitir el oscurantismo, las tinieblas de cultura en la que vivíamos, el submundo marginal del arte inaccesible. El libro descatalogado que no van a volver a reeditar por ser poco popular. Casi todas las novedades de las que te enterabas eran por revistas de importación o nacionales y en muchos casos, de los discos que hablaban o los documentales a los que hacían referencias ya no se comercializaban. No existía un videoclub en ninguna ciudad con un fondo de películas más allá de los últimos meses o las más exitosas y comerciales de todos los tiempos. El resto o no se podían llegar a alquilar jamás o cuando oias hablas de ellas ya no estaban.
Entonces apareció Internet, los ftps, los programas p2p y demás herramientas de intercambio. En ese momento Internet y la cultura se tambaleó por completo. Al principio se compartía la música preferida de ese momento y la más popular. Pero poco a poco la gente se animo y empezaron a ser accesibles obras almacenadas en discos por coleccionistas y maravillas auténticas en manos de unos pocos afortunados. Según aumento la capacidad de las redes y los sistemas de compresión y digitalización hemos podido ir accediendo a todos los tipos de cultura: cine, arte, música, libros…de manera prácticamente ilimitada. Alguna gente comienza a sufrir el síndrome de diógenes digital y comienza a almacenar millones de canciones y de peliculas que seguramente jamás va a escuchar. Pero esta parte de usuarios no es la que nos interesa, la parte interesante es aquella que llevaba buscando años Los cuatrocientos golpes, y por fin pudo verla. El que no vio la serie Médico en Alaska por los horarios imposibles y ahora pudo verla tranquilamente en su casa y disfrutándola.
Gracias a la mal definida piratería, los ciudadanos hemos podido acceder a una biblioteca ilimitada de cultura y conocimiento. Yo mismo participé en una comunidad encargada de rescatar libros de ciencia ficción descatalogados e imposibles de conseguir. Entre todos los escaneamos y los pusimos a disposición del mundo para que los disfrutaran. De repente, la técnica de escasez artificial generada por algunas distribuidoras desaparecía y podíamos tener en nuestras manos maravillas desaparecidas y escondidas en archivos mohosos.
Pero no a todo el mundo le interesa la cultura, porque aunque en youTube encontramos verdaderos signos de nuestra historia, las productoras y cadenas continuan en su lucha absurda por mantener el control sobre productos desechados en su momento o que no interesaban, pero ahora que están disponibles en la red y la gente está interesada en ellos quieren recuperar el control.
Todo esto no ha pasada en un año o 2. Ha pasado ya una década desde la aparición de Napster y siguen sin darse cuenta de que hay que adaptar el mercado. Las generaciones que vienen detrás nuestra, los nacidos más allá del 95 no comprenden el sentido de comprar un cd. ¿Para qué si lo tienes gratis en la red? Quizá la reacción será tardía pero tiene que llegar y restablecer el sentido común para ambos bandos: el consumidor y las distribuidoras de contenidos. Internet es una realidad entre nosotros y no va a desaparecer con leyes que la amordacen. Hay que educar en dar valor al contenido que publica un autor, pero con un precio razonable.
Aunque parezca una tarea imposible, creo que todavía se puede hacer algo, sino ¿quién va a crear nuevas obras por amor al arte? ¿Qué hay de los miles de puesto de trabajo relacionados con el sector? ¡El reloj cuenta y se quedan sin tiempo!
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